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El Reloj de Quinta Avenida ya da la hora

Resumen

El 9 de febrero, Daniel y un par de amigos limpiaron la torre y fueron
desmontando pieza a pieza la maquinaria del reloj, su sistema de pesas y
sonerí­a, el áncora, los péndulos, los “rubí­es”. Separaron la
maquinaria, ubicada en el piso inferior, que es la que mueve las
manecillas mediante transmisión y hace mover las campanas de la parte
alta de la torre.

Texto

A diferencia del reloj de pulsera, cuya versión cortasariana -de Julio Cortázar- nos advierte que terminamos siendo los esclavos de la máquina, el reloj de una torre en plena plaza pública tiende un delicado hilo en el tiempo entre nosotros y los que estuvieron allí­ antes y los que vendrán. Cuando se paran, cuando sus campanadas callan, se rompe también esa cuerda que ata a los lugares con la gente que los han vivido. Los pájaros, la luz, las acacias, las aceras y los bancos pueden ser los mismos, pero el aire ya no es igual, ni es la misma música, ni la misma memoria.

Algo de eso sintió Daniel, que todos los dí­as iba y vení­a por , en Miramar, rumbo al trabajo, y miraba a la torre del reloj -sí­mbolo del municipio Playa-, con las agujas detenidas en una hora improbable. No es relojero de profesión, pero se habí­a aventurado a arreglar el del Palacio de Marqués de Balboa, en Ejido, La Habana Vieja, donde trabaja. ¿Su experiencia anterior? “Cacharrero”, responde sonriendo y alude con esa palabra entendible para cualquier cubano a la pasión que desde niños tienen algunos por desarmar las cosas y volver a armarlas para conocer su mecanismo interior.

No hay nada de frí­volo o infantil en su respuesta. Cualquiera que lo ve, con su rigor y obsesivo sentido del orden, puede presuponer que tiene el talento suficiente, no solo para desarmar, sino para rearmar desde cero la complejí­sima trama interior de un reloj centenario, cuyos componentes llenan la sala de una casa.

Daniel Margolles buscó los permisos -nada fácil- para acceder a la torre y argumentó, con de su familia, todas las razones del mundo para llevar adelante el proyecto, que incluí­a trasladar a su casa las piezas del reloj. í‰l lo arreglarí­a. Era su compromiso con la gente de un barrio pendiente de las alegres campanadas que, cada cuarto de hora, sonaban al ritmo de la música del Big Ben de Londres y se mezclaban con los rumores del litoral. Era, también, un homenaje a Eusebio Leal, a quien no conoce personalmente pero admira, y a Fidel, que frecuentemente remonta esta avenida.

Elena González y su hija Alba Rosa Grau, las dos mujeres que cuidan la torre, estaban encantadas con la idea de Daniel. Elena tiene 70 años, de los cuales lleva 51 viviendo a escasos metros del reloj de Quinta Avenida. “Era nuestra vida. Yo me levantaba y me acostaba escuchándolo. En mismo parque aprendieron mis dos hijos a caminar. Lo extrañamos”, dice. Y como si no fuera suficiente argumento, repite algo que escuchó: “Fidel, cuando ha pasado por aquí­, ha preguntado por qué no funciona el reloj”.

El 9 de febrero, Daniel y un par de amigos limpiaron la torre y fueron desmontando pieza a pieza la maquinaria del reloj, su sistema de pesas y sonerí­a, el áncora, los péndulos, los “rubí­es”. Separaron la maquinaria, ubicada en el piso inferior, que es la que mueve las manecillas mediante transmisión y hace mover las campanas de la parte alta de la torre.

Desde que fue instalado en la década del 20 del siglo pasado, el sistema no habí­a recibido una reparación capital. Algunas piezas, por el deterioro y la corrosión, casi se les desbarataban en las manos. Por eso el relojero tení­a que documentar y fotografiar cada paso, para después reconstruir todo el sistema. Así­ hizo, como usted puede ver a continuación:

â– Examen inicial (+ Fotos y Video)
â– Despiece (+ Fotos y Video)
â– Limpieza y reparación (+ Fotos y Video)
â– Pintura y prueba (+ Fotos y Video)
â– Instalación y prueba final (+ Fotos y Video)

Tres meses después, con las acacias florecidas y los laureles primorosamente recortados en el Paseo de la Quinta Avenida, se escucha de nuevo, cada cuarto de hora, la melodí­a de las campanas. Las cuatro esferas, ubicadas en cada lado de la torre, dan la hora exacta como lo hicieron desde 1924. (Escuche cómo suena el reloj: en MP3, 250 Kb)

Daniel sube la escalera cada 72 horas y le da cuerda a la máquina, utilizando el mismo mecanismo que idearon los fabricantes de la E. Howard & Co, de Boston. ¿Y si le instalas un motor que logre darle cuerda, de manera automática?, sugiero. Me mira horrorizado: “Ya no serí­a la pieza de arte que es.”

Lo que sigue es la pregunta que han hecho siempre los genios y los niños, particularmente si tienen delante a un alquimista o a un relojero hecho y derecho: “ ¿Entonces tú si sabes lo que es el tiempo?” Es simple, responde: “Ruedas dentadas movidas por un péndulo”.

Fuente: CubaDebate

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