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El Niño amansa ciclones

Resumen

El fenómeno climático ENOS (El Niño/Oscilación del Sur) en el océano
Pací­fico ecuatorial está ayudando a reducir este año la actividad
ciclónica en el Atlántico Norte y el Caribe.

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El fenómeno climático ENOS (El Niño/Oscilación del Sur) en el océano Pací­fico ecuatorial está ayudando a reducir este año la actividad ciclónica en el Atlántico Norte y el mar Caribe. Pero los meteorólogos recomiendan no bajar la guardia.

La actividad ciclónica disminuye con El Niño en el área, pero eso no significa ausencia absoluta de tormentas tropicales intensas. José Rubiera, jefe del Centro de Pronósticos del Instituto de Meteorologí­a de Cuba, recordó a Tierramérica que en 1930 un solo huracán destruyó la capital de República Dominicana.

En 1992, un año con ENOS, tuvo escasa actividad ciclónica y, sin embargo, Andrew, uno de los pocos huracanes que se formaron en esa temporada, alcanzó el grado cinco, máximo en la escala Saffir-Simpson que mide la velocidad de los vientos, devastando el sudoriental estado estadounidense de Florida.

El Niño, fase cálida del ENOS, ocurre cuando la temperatura del agua superficial del océano Pací­fico central y ecuatorial sube por encima del promedio.

Por ahora se trata de un Niño “débil”, pero debe intensificarse algo más hacia fines de año, dijo Rubiera, quien se refirió a las dos caras de este fenómeno natural recurrente, que se presenta cada dos o cinco años.

Su lado de “Niño bueno” es que ayuda a neutralizar parcialmente la actividad ciclónica en el Atlántico Norte y el mar Caribe en la temporada de huracanes del verano boreal, debido a que se incrementa la velocidad del viento en las capas superiores de la atmósfera, entre 10 y 12 kilómetros de altura.

Uno de los factores para la formación de un ciclón tropical es un patrón de vientos cerca de la superficie del océano que haga fluir el aire en espiral hacia una zona central, con corrientes débiles en la troposfera superior, lo que permite el desarrollo de extensas áreas de lluvias y tormentas eléctricas.

“Pero este Niño también puede hacer disminuir algo el régimen de lluvias veraniegas e incrementarlas en el invierno boreal”, agregó el experto. En 2004, este fenómeno de interacción océano-atmósfera ocasionó en Cuba una de las sequí­as más graves de las últimas décadas.

El Niño aparece cuando cambia la presión atmosférica en el occidente del Pací­fico ecuatorial, frente a Nueva Guinea e Indonesia, lo que provoca alteraciones en la dirección y fuerza habitual de los vientos Alisios, que soplan del sudeste al noroeste, y en las corrientes marinas.

Cuando no hay ENOS, los Alisios mantienen enormes masas de agua cálida en las costas occidentales del Pací­fico. El Niño empuja lentamente esas masas hacia el este, a la altura de las costas peruana, ecuatoriana y colombiana, alterando el nivel del mar y su temperatura.

Pero Rubiera advirtió que no hay dos eventos ENOS “iguales”. Ahora se habla de la variante Modoki –que en japonés significa “similar pero diferente”–, en la cual el mayor sobrecalentamiento ocurre en el Pací­fico ecuatorial central y no en el oriental.

Según algunas investigaciones, en ese caso la actividad de huracanes serí­a alta en el Atlántico, con mayor azote de ciclones en zonas terrestres. “Sin embargo, hay que decir que estos estudios no son conclusivos y todo esto es bastante nuevo, por lo que yo tomarí­a con suma cautela estas conclusiones”, indicó el especialista.

Rubiera cuestionó que el actual El Niño sea de la variante Modoki, “pues el mayor calentamiento se está produciendo en la porción oriental y no en el Pací­fico central”.

En su opinión, tal aseveración se ve apoyada por el hecho de que “hay una activa temporada de huracanes en el Pací­fico oriental, en correspondencia con el calentamiento que allí­ se está produciendo, mientras que casi nada ocurre en el Pací­fico central”.

Cuba aún no se repone del azote de tres huracanes en 2008 (Gustav, Ike y Paloma) que causaron daños por más de 10.000 millones de dólares, equivalentes a 20 por ciento del producto interno bruto, de acuerdo con el presidente Raúl Castro.

Ante ese costo económico, a mediados de este mes la población cubana siguió con más atención que nunca las trayectorias de Ana, Bill y Claudette, las primeras depresiones tropicales de esta temporada.

En su paso hacia el norte, ya el sábado Bill fue degradado a la categorí­a uno por el Centro Nacional de Huracanes de Estados Unidos, que este lunes señaló que habí­a dejado de ser un huracán.

Para Rubiera el mensaje a la población de cualquier lugar es que siempre se debe estar “preparados, sea activa, normal o inactiva una temporada, pues en definitiva nadie sabe dónde o cuándo va a llegar un huracán que aún no existe ni se ha desarrollado”.

“Toda predicción a largo plazo sólo es de una utilidad práctica bastante relativa”, opinó el experto, quien insistió además en que “deprimir la actividad no es suprimir”, de ahí­ que habrá algunos ciclones tropicales más, pero no en las cantidades de los últimos tres años.

La temporada de huracanes comienza el 1 de junio y termina el 30 de noviembre. En Cuba, los meses de mayor actividad suelen ser octubre, septiembre y agosto, en ese orden. El sistema de prevención de desastres, que incluye la evacuación masiva de miles de personas, ha reducido al mí­nimo las muertes humanas, pero no las pérdidas económicas.

En su informe del 19 de este mes, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) pronosticó que El Niño, en una modalidad “débil o moderada”, se prolongará hasta fines de 2009 y con probabilidad en el primer trimestre de 2010.

“No hay datos sólidos de lo que ocurrirá después de esa fecha”, cuando podrí­a continuar El Niño, revertirse hacia las condiciones de la fase frí­a del ENOS, conocida como La Niña, o volver a la situación neutra de comienzos de 2009, dijo el experto de la OMM, Rupa Kumar Kolli.

El año pasado fue dramático para la región Caribe, pues se formaron 16 tormentas tropicales, de las cuales ocho se convirtieron en huracanes.

Fuente: IPS

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