Primero el ritmo, luego la política en el concierto Paz sin Fronteras realizado en Cuba
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Tremendo. Salió Olga Tañón del brazo de Miguel Bosé y el cantante colombiano Juanes, y a nombre de los quince participantes en el concierto leyó una pequeña presentación: “it`s time to change”, dijo. Mencionó también con todas sus letras al “exilio”. La plaza, desbordada hasta los jardines del Palacio de la Revolución, tembló cuando a media tarde empezó el ritmo violento de Juanes. “Es tiempo de cambiar el odio por amor”, dijo. Y aquello se vino abajo.
Se palpaba la energía y la emoción. Era algo que los cubanos necesitaban hace mucho tiempo. Para Juanes y los participantes en el concierto la iniciativa pretendía ser un puente de paz, un grito de tolerancia y por la reconciliación entre los cubanos. Según el exilio duro de Miami, Paz sin fronteras era sobre todo “un regalo al régimen dictatorial de los hermanos Castro”. Para la mayoría de los que se reunieron este domingo en la plaza, el macroconcierto – de cinco horas de duración – era simplemente la oportunidad de escuchar en directo a artistas de fama mundial, en un país excluido de los circuitos comerciales de la música internacional.
Al preguntar al público cosas profundas, las ideas más repetidas eran que ojalá la iniciativa de Juanes sirviera para “tender puentes” entre Cuba y Estados Unidos y “abrir caminos” que puedan transitar otros artistas famosos. Pocos, o casi ningún discurso acartonado. La gente, en su inmensa mayoría jóvenes, hablaba y vibraba de corazón.
Mereció la pena. Las palabras anteriores al evento y los meses de difíciles preparativos y amenazas fueron barridos por la música. La gente bailó y disfruto de lo lindo. El concierto blanco de Juanes sirvió de catarsis colectiva a cientos de miles de cubanos ansiosos de buen arte. Exactamente 1.150.000 cubanos, según dijo Juanes.
Era lo que se pretendía. Primero el movimiento y después la política. La intransigencia burda del otro lado -hay que recordar que en Miami destrozaron discos de Juanes con martillos y cachiporras – también fue derrotada.
La lista de artistas era larga (X Alfonso, Miguel Bosé, Silvio Rodríguez, Jovanotti, Amaury Pérez, Luís Eduardo Aute, Carlos VarelaVictor Manuel…), unos con más cadera que mensaje, otros con más mensaje que cadera. Quince en total. El primer gran climax llegó con Orishas, grupo de raperos cubanos emigrados que llevaba diez años sin actuar en la isla. Muchos lloraron mientras bailaban al escuchar sus temas marchosos, cubanos y desgarrados. Juanes fue con sus principales éxitos, por supuesto A Dios le pido y La camisa negra. Su mensaje de tolerancia y amor arrasó.
El final fue apoteósico: la orquesta Van Van, todo el mundo a menearse. Ese era el verdadero puente: disfrutar, cero política, solo cinturita. En Miami, horas antes, un loco había sacado a la calle una apisonadora de dos toneladas a destrozar la música de los participantes. Pero nadie lo mencionó. Solo Juan Formell, el director de Van Van, dijo: “Duelale a quien le duela, el concierto por la paz ya se hizo. Ya esta bueno ya de abusos”. Después, con todos en el escenario, sonó el Chan Chan de Compay Segundo.
Fuente: ElPais.
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